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Nutrición junio 18, 2008

Alimentos  “milagrosos”

Tradicionalmente, una serie de alimentos han sido vistos como especialmente beneficiosos para la salud. En el caso del ajo, por ejemplo, sus “ventajas para la circulación” cuentan incluso con cierto fundamento científico, ya que el ajoeno, formado por la combinación de reacciones enzimáticas y químicas al trocearlo, es un eficiente antiagregante plaquetario en experimentos in vitro. Otra cosa distinta es que los extractos, aceites y suplementos basados en él, de venta habitual en herboristerías, tengan algún efecto real sobre la salud. Incluso estaría por ver algún efecto real del propio ajo. Otros alimentos míticos, como la miel, representan un caso distinto. A  pesar de todo su antiguo prestigio, no es más que agua, azúcar y pequeñas cantidades de proteínas, vitaminas y minerales sin mayor relevancia nutricional ni efecto “saludable” alguno. Debería venderse exclusivamente basándose en sus valores organolépticos, que la diferencian notablemente de otros productos azucarados, pero en muchos casos se adorna también con unos efectos “saludables” que en absoluto tiene.

 En algunos casos, sí se dispone de evidencias estadísticas del efecto beneficioso de determinados alimentos sobre la salud. Se conoce desde hace tiempo que el consumo de cantidades elevadas de alimentos ricos en fibra está relacionado con bajas tasas de cáncer de cólon y de otros tumores. Que la razón de esto sea la propia fibra, algunas otras sustancias que le acompañan en los vegetales o la disminución del consumo de otros alimentos a cambio de los que se consumen ricos en fibra es una cuestión que aún está por aclarar. Y, desde luego, la evidencia epidemiológica en absoluto avala la recomendación como “beneficiosos para la salud” de suplementos de fibra en los que tiene el mismo sabor el contenido que el envase de cartón.

 También existen relaciones favorables entre el consumo de crucíferas (bróculi especialmente), cítricos o tomate y el riesgo de padecer diversos tipos de cáncer. En el caso de las enfermedades coronarias, los efectos positivos del aceite de oliva, pescado o vino están bien documentados. Pero siempre esta relación es con el conjunto de la dieta, y sobre poblaciones. Con la excepción de los efectos sobre el colesterol circulante de los distintos tipos de ácidos grasos, en los que sí se pueden hacer recomendaciones o modificaciones basadas en las moléculas concretas, en los demás casos no se puede individualizar con certeza el efecto cardioprotector.

 Además de los alimentos que podemos considerar habituales, se venden actualmente en tiendas especializadas una serie de productos, generalmente vegetales más o menos exóticos, con la categoría de suplementos nutricionales. Entre ellos es muy popular (una búsqueda en Internet suministra más de 30 marcas en España) la espirulina, un “alga” microscópica verde-azulada que crece en lagos alcalinos, y que actualmente se cultiva en gran escala. Sus propiedades dependen de la imaginación del fabricante, que suele ser casi ilimitada. De todas formas, su supuesta “cualidad principal” es su “enorme” riqueza en proteínas, entre el 45% y el 75%. Teniendo en cuenta que esa riqueza es, evidentemente, sobre el extracto seco, muchos alimentos comunes la superan. A las dosis recomendas (un par de cápsulas con cada comida) el aporte añadido es irrelevante.

 En cuanto al precio de esta “proteína suplementaria”, considerando como coste normal de un frasco de 250 cápsulas de 500 mg el de unos 15 euros, y un contenido de proteína del 60%, resulta que el kg de proteína de espirulina se vende a 200 euros. Más o menos, el mismo coste de la proteína del jamón ibérico de la mejor calidad. Evidentemente, sobre los aspectos organolépticos no es necesario hacer comentarios.

 Los suplementos de proteínas de todo tipo, y de aminoácidos individuales o mezclados, son muy populares en el mundo del deporte, especialmente entre los interesados en el aumento de su masa muscular. Sus vendedores olvidan mencionar a los clientes que una dieta normal contiene todas las proteínas (y aminoácidos) necesarias, en cantidad más que suficiente, y que el aumento de la masa muscular se produce por el entrenamiento, sin que tenga ningun efecto una mayor cantidad de proteínas.  

Es también notable la habilidad con la que los vendedores de suplementos dietéticos son capaces de transformar conceptualmente lo que eran subproductos y materiales de desecho de la industria alimentaria “normal” (cartílago bovino, lactosuero de quesería, salvado)  en “sofisticados” productos dietéticos de alto precio de venta. Al cartílago de tiburón, más sofisticado que el bovino, y desde luego con un precio de venta muy superior, se le han atribuido “lógicamente”, ventajas incluso mayores para la salud; no solo es un suplemento nutricional, sino que sirve para prevenir o incluso tratar diversos tipos de cáncer. Con la misma supuesta propiedad se venden distintas mezclas de hidrolizados de proteínas. Estas actuaciones salen ya de la competencia de la ciencia de los alimentos para pasar directamente a las de la policía y los jueces.

 

 

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